¿Transición o transformación? ¿Qué es lo que realmente busca Dios?
He estado pensando mucho en la transición y la transformación.
Esto se ha convertido en una especie de viaje para mí, un viaje que aún estoy procesando y del que sigo aprendiendo. Y cuando estoy en un viaje, me gusta invitar a otros a que me acompañen. Así que quiero compartir con ustedes algunas reflexiones sobre lo que Dios puede estar haciendo en nuestras vidas, especialmente en épocas de cambio.
Me ha intrigado esta afirmación:
A Dios le preocupa más tu transformación que tu transición.
Suena bien la primera vez que lo escuchas. Pero, ¿qué significa realmente?
Hablamos de transición constantemente. A menudo le preguntamos a alguien: “¿Cómo te va la vida últimamente?”. Y la respuesta suele ser: “Bueno, estoy en un periodo de transición”. Parece que siempre estamos pasando de una etapa a otra, de una circunstancia a otra, de una responsabilidad a otra, de un lugar a otro.
Pero, ¿es realmente la transición la prioridad?
¿O acaso Dios busca algo más profundo?
Transición no es lo mismo que transformación.
La transición es un cambio gradual, una transformación o movimiento que puede ser positivo o negativo. Implica cambios externos: un cambio de lugar, de trabajo, de relaciones, de responsabilidades o de circunstancias.
La transformación es diferente.
La transformación es un cambio interno. Es un cambio de corazón, un cambio de carácter y un crecimiento espiritual. Es Dios transformando algo en nuestro interior.
Romanos 12:2 nos da una imagen muy hermosa de esto:
“No os conforméis al mundo actual, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente…”
Son muchas las transiciones que ocurren cuando entramos en una nueva vida en Cristo. Pasamos de estar perdidos a ser encontrados, de la oscuridad a la luz, de viejas formas de vida a una nueva. Nuestra posición espiritual cambia al formar parte de la familia de Dios y de su reino.
¡Esas transiciones son maravillosas!
Pero aún hay más.
Pablo nos dice que debemos “transformarnos mediante la renovación de nuestra mente”.
Ahí es donde la transición se convierte en transformación.
La transformación ocurre cuando los cambios que Dios ha traído a nuestras vidas se arraigan profundamente en nuestros corazones y espíritus. Cambia nuestra manera de pensar. Cambia nuestra manera de procesar lo que sucede a nuestro alrededor. Cambia nuestra percepción de las cosas.
A Dios no le interesa simplemente trasladarnos de un lugar a otro. Él quiere transformarnos desde adentro hacia afuera.
¿Qué sucede cuando nos transformamos?
A medida que Dios nos transforma, nuestros corazones comienzan a cambiar.
Nos liberamos de aquello que puede estrangular o sofocar nuestros corazones: el miedo, la ira, el dolor y la ansiedad. Comenzamos a experimentar un corazón libre, pleno y fortalecido por la presencia misma de Cristo en nuestro interior.
La transformación moldea el carácter de Dios dentro de nosotros.
Nos brinda claridad y visión. Nos libera de la doble moral para que podamos vivir con la mente de Cristo.
Y la transformación desata el fruto del Espíritu en nuestras vidas.
Piensa en la diferencia.
Mediante la transición, nuestra circunstancia o posición espiritual puede cambiar. Pasamos de estar vacíos a estar llenos del Espíritu de Dios.
Pero a través de la transformación, algo comienza a suceder en nuestro interior. El Espíritu Santo produce su fruto en nuestras vidas. No solo llevamos la presencia del Espíritu, sino que nos convertimos en personas a través de las cuales se expresan su carácter y bondad.
Pasamos de simplemente estar llenos de Su Espíritu a ser abundantemente fructíferos.
Me encanta esa foto.
Quiero deleitarme con el fruto del Espíritu de Dios, tal como Él lo reproduce dentro de mí, tal como Él se reproduce a sí mismo en mí.
Y entonces sucede algo aún más hermoso.
El fruto que Dios produce en nosotros comienza a desbordarse hacia los demás.
Su bondad en nosotros se convierte en alimento para otros. Su amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio comienzan a influir en las personas y los entornos que nos rodean.
Nuestra transformación nunca se trata solo de nosotros.
Lo que Dios hace en nosotros está destinado a fluir a través de nosotros.
Dios quiere que nos movamos, pero también quiere que cambiemos.
Así que quizás la próxima vez que nos encontremos diciendo: “Estoy en transición”, deberíamos detenernos y hacernos una pregunta más profunda:
¿Qué está transformando Dios en mí?
Dios quiere que hagamos una transición. Quiere que avancemos. Quiere que seamos movidos por Él.
Sin embargo, su objetivo es nuestra transformación.
Él quiere que seamos transformados por Él.
Ese es el camino que estoy recorriendo, y te invito a que me acompañes.
No nos centremos tanto en superar la transición que nos perdamos la transformación que Dios está obrando en nosotros.
Porque a Dios le preocupa más nuestra transformación que nuestra transición.